Arte Latinoamericano

y Estéticas caníbales


Por: Carlos Rojas Reyes

Profesor universitario. Coordinador artístico
de la Bienal de Cuenca. Crítico de arte.


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Una economía simbólica de la predación, que consiste en cambios de sentido,

resignificaciones, alteraciones de los planos de consistencia, nuevos ensamblajes.

(Freire García, 208.)

El carácter predatorio de este régimen caníbal no se reduce a algún tipo de práctica

cultural concreta, sino que está en el centro de la cultura, en la medida en que es el

origen de la cultura, tal como señala Viveiros de Castro:


“El canibalismo, régimen alternativo que es acumulativamente alimentario, sexual, funerario,

no puede ser sino un emblema poderoso de la condición humana, en esta visión del mundo (…)

el origen del canibalismo es el origen de la cultura.” ( Viveiros de Castro, From the enemy’s

point of view, 1992, pág.171.)


Se trata del desarrollo de una metafísica del otro, que se presenta de modo harto

diferente al que se da en Occidente. Para esto se afirma la “incompletitud” de

cualquier forma de vida, como si hubiéramos trasladado los principios matemáticos

de Godel al mundo social.


“lo que estoy diciendo es que la filosofía tupinambá afirmaba la incompletitud ontológica

esencial de la socialidad y, en general, de la humanidad.” (Viveiros de Castro, From the

enemy’s point of view,1992, pág. 220.)


Incompletitud real que no viene dada por consideraciones de la finitud existencial,

referidas a la contingencia de lo humano, sino por la intromisión irresistible del otro

en el núcleo de la existencia de cada uno, de cada sociedad. De tal manera que:


“El otro no era un espejo sino un destino.” (Viveiros de Castro, Métaphysiques cannibales,

2009, pág. 220.)


Este otro que se torna en el gran antagonista; y que significa la introducción del

conflicto en el núcleo de toda socialidad; porque el otro es ante todo un enemigo del

cual no se puede prescindir para existir, para cerrar el círculo de la existencia. En el

caso concreto de la metafísica amazónica toma la forma de venganza:


“la venganza no era así simple fruto del temperamento agresivo de los indios, de su

incapacidad casi patológica de perdonar las ofensas pasadas; al contrario, ella era justamente

una institución que producía una memoria. Memoria, a su vez, que no era otra cosa que la

relación con el enemigo” (Ibíd., pág. 234).


La captura del otro, del enemigo, tiene un doble destino: hablar y comer. Jamás se da

como hecho simple de un crimen perverso, al modo occidental. Siempre la muerte

del enemigo capturado tiene que ir presidida de un largo diálogo, en donde ya se

produce el hecho caníbal, porque es el momento en que la cultura del otro pueblo

está siendo devorada.


“La categoría a priori de la venganza empuña ese doble esquema, verbal y caníbal, que

daba cuerpo al devenir. Antes de comer, era preciso conversar -y estos dos actos explicaban la temporalidad, que emergía desde dentro de la relación de mutua implicación y recíproca presuposición con el

enemigo. Lejos de ser un dispositivo de recuperación de una identidad originaria, y así negación del devenir, el

complejo de la venganza, por medio de este agonismo verbal, producía el tiempo: el rito era el gran Presente…

Una semiofagia.” (Ibíd., pág. 238.)


Así, desde la perspectiva caníbal el otro está en el centro, es la esencia de cada uno de nosotros; por

eso se afirma:

“…la indispensabilidad de los otros o la impensabilidad de un mundo sin Otros.” (Ibíd., pág. 241.)

 

Y es aquí en donde podemos insertar de lleno las manifestaciones de las artes plásticas de América

 

Latina en las décadas de los 60 y 70, en la medida en que son el período de penetración profunda

de la estética occidental, desde la cual se piensa, se vive, se pinta.

Sin embargo, lejos de significar un mero hecho de sumarse a la corriente estilística predominante

en la época, hay en muchos de los artistas latinoamericanos una voluntad de distancia, que curva

el mundo y lo lleva en una dirección diferente.

Este es el caso de Julio Le Parc, quien toma el arte cinético como la vía para realizar su propuesta, que

se entrega a éste de lleno, plenamente, sin residuo. Y es precisamente en este gesto de comprender

que el otro no es una elección, sino que el arte occidental era para él un destino, en donde podemos

ver que otra cosa empieza a suceder, que se abre un espacio que no estaba allí antes.

 


 

El trabajo de Le Parc le conduce a una semiofagia, a un devorar el conjunto de

códigos visuales de Occidente; sin embargo, esta es una actitud predatoria, que toma

la estética del otro sin residuo, que se convierte completamente en un expositor de

esa otra estética y que, al mismo tiempo, la redefine tan profundamente que otro arte

cinético comienza a existir.

Como si hubiera un antes y un después del arte cinético una vez que ha sido devorado

por Le Parc, una vez que ha sido sometido al trabajo predatorio de su mirada, de su

perspectiva y comprensión del mundo.


Nos volvemos otros únicamente para convertir a los otros en nosotros.

Las Modulaciones de Julio Le Parc dejan ver con claridad a lo que nos estamos refiriendo:

ciertamente está allí el arte cinético como tal, en su mejor versión occidental, pero, con

igual fuerza, el arte cinético abre la puerta a otro mundo, que ya no es el occidental,

que ya remite a otra forma de vida que comienza insinuarse entre el paso de un lugar

al otro, en el deslizarse de un espacio a otro.

El encuentro del arte latinoamericano con el otro europeo se torna en esta época una

constante, que se generaliza en su carácter predatorio.

Encontramos para el arte abstracto el mismo gesto con iguales consecuencias.

 


 

Podemos ver en la obra de Arcángelo Iannelli, Vibración en negro y azul, el minucioso

trabajo sobre las abstracciones.

Sin embargo, allí hay mucho. Solo hay que prestar atención, estar atento a lo que

la obra muestra. Si nos aproximamos a ella, podemos descubrir cómo las capas de

pintura se dejan ver, una debajo de otra, superponiéndose, integrándose, dialogando.

Esto es lo que somos, en esto consiste el gesto caníbal: ese interminable juego de capas

que, cuando creemos que el arte occidental ha triunfado sin más, aparece otra, otro

mundo, otras racionalidades que vibran -y de qué manera- en un mundo como el

brasileño.

 




 

 

 

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